05 Febrero 2018

Más tiempo frente al teclado, menos tiempo pensando

A comienzos de la década de 1960 un joven ingeniero informático del MIT llamado Ivan Sutherland inventó el Sketchpad, una aplicación de software revolucionaria para dibujar y hacer bocetos que fue el primer programa en emplear una interfaz de usuario gráfica. Sketchpad sentó las bases para el desarrollo del diseño asistido por ordenador, o CAD.
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Más tiempo frente al teclado, menos tiempo pensando
Más tiempo frente al teclado, menos tiempo pensando
Después de que los programas CAD fueran adaptados a ordenadores personales en la década de 1980, proliferaron las aplicaciones de diseño que automatizaban la creación de dibujos en dos dimensiones y modelos 3D. Los programas se volvieron esenciales para los arquitectos muy rápidamente, por no mencionar a diseñadores de producto, artistas gráficos e ingenieros civiles. Las nuevas herramientas de software cambiaron el proceso, el carácter y el estilo del diseño, en un sentido que sigue evolucionando hoy en día. La historia reciente del oficio arquitectónico ofrece una visión de la influencia de la automatización en el trabajo creativo.

La arquitectura combina la búsqueda de la belleza propia del artista con la atención a la función del artesano, requiriendo también una sensibilidad a restricciones prácticas de tipo financiero, técnico y de otras índoles. «La arquitectura está en la frontera, entre arte y antropología, entre sociedad y ciencia, tecnología e historia», explica el arquitecto italiano Renzo Piano. «A veces es humanista y a veces es materialista». La obra de un arquitecto une la mente imaginativa y la mente calculadora, dos formas de pensamiento que con frecuencia están en tensión, si no en conflicto abierto. Ya que la mayoría de nosotros pasa la mayor parte de su tiempo en espacios diseñados —el mundo construido nos parece a estas alturas más natural que la propia naturaleza—, la arquitectura ejerce también una influencia profunda, y a veces no apreciada, sobre nosotros, individual y colectivamente. La buena arquitectura eleva la vida, mientras que la arquitectura mala o mediocre la reduce o abarata. Incluso detalles pequeños como el tamaño y la colocación de una ventana o un conducto de aire pueden tener un gran efecto en la estética, utilidad y eficiencia de un edificio —y en la comodidad y humor de los que están dentro—. «Moldeamos nuestros edificios», comentó una vez Winston Churchill, «y después nuestros edificios nos moldean a nosotros».

Mientras que los planos generados por ordenador pueden causar complacencia a la hora de revisar medidas, el software de diseño ha hecho a los estudios de arquitectura, en general, más eficientes. Los sistemas CAD (y recientemente los nuevos sistemas BIM) han acelerado y simplificado la producción de documentos constructivos y facilitado que los arquitectos compartan sus planos con clientes, ingenieros, contratistas y funcionarios. Los sistemas dan a los arquitectos una visión completa de un proyecto complejo, englobando sus planos de planta, elevaciones y materiales así como sus diversos sistemas de calefacción, aire acondicionado, electricidad, iluminación y fontanería. Las repercusiones de los cambios en un diseño se pueden ver inmediatamente, de una forma que no era posible cuando los planos eran un buen montón de documentos en papel. Gracias a la capacidad del ordenador de incorporar todo tipo de variables a sus cálculos, los arquitectos pueden estimar con precisión la eficiencia energética de sus estructuras bajo diversas condiciones, lo que satisface una de las necesidades más acuciantes del sector de la construcción y de la sociedad en general. Animaciones y presentaciones detalladas en 3D han demostrado ser también muy valiosas como medios para visualizar el exterior e interior de un edificio. Los clientes pueden acceder a visitas y a vistas aéreas virtuales mucho antes de que empiecen las obras.

Sin embargo, en un estudio sobre cómo el software de diseño ha influido en el sector de la construcción, la socióloga del MIT Sherry Turkle documentó un cambio en la atención a los detalles de los arquitectos. Cuando los planos se dibujaban a mano, los arquitectos revisaban laboriosamente todas las medidas antes de entregar copias a los equipos de construcción. Los arquitectos sabían que eran falibles, que podían meter la pata ocasionalmente, y seguían por ende un antiguo dictado de los carpinteros: mide dos veces y corta una sola vez. Con planos generados por ordenador, son menos cuidadosos al verificar medidas. La aparente precisión de los cálculos e impresiones digitales les lleva a asumir que los datos son correctos. «Parece presuntuoso revisarlos», le dijo un arquitecto a Turkle; «quiero decir, ¿puedo hacerlo mejor que un ordenador? Él es preciso hasta en centésimas». Tal complacencia ha llevado a errores costosos de planificación y construcción. Los ordenadores no meten la pata, nos decimos a nosotros mismos, incluso sabiendo que sus respuestas son tan buenas como nuestras órdenes. «Cuanto más sofisticado es un ordenador», observó uno de los estudiantes de Turkle, «más empiezas a asumir que está corrigiendo tus errores, más empiezas a creer que lo que sale de la máquina es exactamente como debería ser. Es algo visceral». Este sesgo por la automatización está íntimamente relacionado con la complacencia. Surge cuando las personas dan un peso excesivo a la información que aparece en sus monitores. La creen incluso cuando la información es errónea o engañosa. Su confianza en el software se vuelve tan intensa que ignoran o desechan otras fuentes de información, incluidos sus propios sentidos.


Además. A medida que los arquitectos jóvenes se han vuelto más adeptos al diseño y modelado por ordenador, el software CAD/BIM ha pasado de ser una herramienta para convertir diseños en planos a ser una herramienta para producir los propios diseños. La técnica cada vez más popular del diseño paramétrico, que usa algoritmos para establecer relaciones formales entre diferentes elementos de diseño, pone la capacidad de cálculo del ordenador en el centro del proceso creativo. Utilizando formatos de hoja de cálculo o scripts de software, un programador-arquitecto introduce una serie de reglas matemáticas, o parámetros, en un ordenador —una proporción del tamaño de las ventanas con el área del suelo, por ejemplo, o los vectores de una superficie curva— y deja que la máquina se encargue del diseño. En la aplicación más agresiva de la técnica, la forma de un edificio puede generarse automáticamente mediante un conjunto de algoritmos en lugar de ser dibujada manualmente por el diseñador.

Como sucede muchas veces con las nuevas técnicas de diseño, el diseño paramétrico ha alumbrado un estilo novedoso de arquitectura llamado parametricismo. Inspirado por las complejidades geométricas de la animación digital y el colectivismo frenético, aséptico de las redes sociales, el parametricismo rechaza el orden de la arquitectura clásica en favor de estructuras libres de formas barrocas, futuristas. Algunos tradicionalistas consideran el parametricismo una moda de mal gusto y tildan sus creaciones como «poco más que uno de los borrones que uno produce sin esfuerzo alguno en el ordenador». En una crítica más moderada publicada en el New Yorker, el crítico de arquitectura Paul Goldberger afirmó que mientras los «descensos, curvas y giros» del diseño digital pueden ser seductores, «muchas veces parecen estar desconectados de todo lo que no sea su propia realidad generada por ordenador». No obstante, algunos arquitectos más jóvenes ven en el parametricismo, junto a otras formas de «diseño informático», como el movimiento arquitectónico que define nuestra época, el núcleo energético de la profesión. En la Bienal de Arquitectura de Venecia de 2008, Patrik Schumacher, director en la influyente firma Zaha Hadid en Londres, presentó un «Manifiesto del parametricismo» en el que proclamaba que «el parametricismo es el gran nuevo estilo desde el modernismo». Gracias a los ordenadores, dijo, las estructuras del mundo construido pronto estarán compuestas de «radiantes olas, corrientes laminares y remolinos en espiral», asemejándose a «líquidos en movimiento» y «enjambres de edificios que navegan a la deriva» en consonancia con «dinámicos enjambres de cuerpos humanos».

Independientemente de que esos enjambres armónicos se materialicen o no, la polémica sobre el diseño paramétrico expone la búsqueda interior que vive la arquitectura desde la aparición del CAD. Desde el principio, la prisa por adoptar el software de diseño ha estado ensombrecida por la duda y cierta inquietud. Muchos de los arquitectos más respetados del mundo han advertido de que una sobredependencia de los ordenadores puede estrechar la perspectiva de los diseñadores y afectar a su talento y creatividad. Renzo Piano, por ejemplo, reconoce que los ordenadores se han vuelto «esenciales» para la práctica de la arquitectura, pero también teme que los diseñadores están transfiriendo demasiada parte de su trabajo al software. Mientras la automatización permite a un arquitecto generar diseños en 3D precisos y aparentemente finalizados con rapidez, la misma velocidad y exactitud de la máquina puede abreviar el proceso farragoso y laborioso de exploración que alumbra los diseños más inspirados y significativos. El atractivo de la obra al aparecer en la pantalla puede ser una ilusión. «Los ordenadores se están volviendo tan inteligentes que recuerdan a esos pianos en los que aprietas un botón y te toca un chachachá y después una rumba”, dice Piano,

Puede que toques muy mal, pero te crees un gran pianista. Lo mismo pasa ahora en la arquitectura. Puede que te encuentres en una posición en la que sientes que estás apretando botones y eres capaz de construir todo. Pero la arquitectura es pensamiento. Es lentitud, de alguna manera. Necesitas tiempo. Lo malo de los ordenadores es que hacen que todo vaya muy rápido. La feroz productividad del ordenador tiene un precio: más tiempo frente al teclado, menos tiempo pensando.

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