25 Enero 2018

Las zapatillas de deporte

Cuando yo era pequeño (estamos hablando de primeros de los años setenta), había un día en que se iba a comprar las zapatillas de deporte. La tienda a la que se iba era la misma tienda en la que se compraban las chanclas o los zapatos de vestir, lo único era que en una esquina había la minúscula sección de las zapatillas de deporte. Generalmente, estaba apartada; en todo caso, lejos de los escaparates. Era muy pequeña. Estaba en el resto de la tienda como la hora del recreo en un día de colegio de curas.
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Las zapatillas de deporte
Las zapatillas de deporte
En aquellos tiempos, si uno tenía que comprarse unas zapatillas de deporte, la elección se limitaba prácticamente entre Paredes blancas o Paredes azules. Es decir, lo que pasaba en mi familia era esto. En realidad, al menos teóricamente, existían otras posibilidades. Los más pijos y/o ricos compraban las míticas Adidas, con tres listas al lado, suela perfilada, refuerzos delante y atrás. Existían tres o cuatro modelos: recuerdo que a mí me volvían loco unas que se llamaban Rom. Adidas Rom. ¿O era Room? No lo sé. De todos modos, me volvían loco. Todavía más elitistas eran las Puma, que muy pocos tenían, y que eran contempladas con gran respeto, pero también con un si es no es de desconfianza (estaban consideradas las rivales de Adidas, y esto no hablaba a su favor). Finalmente, estaban las All Star, pero verdaderamente eran escasísimas: llamaba la atención el hecho de que las hubiera incluso rojas, pero esencialmente eran consideradas cosa de tontos, era dificilísimo encontrarlas, y en la práctica las tenían tan sólo los que jugaban al baloncesto. Por debajo de este Olimpo, estaba el indistinto mar de los saldos. Eran zapatillas con nombres ingeniosos, tipo Tall Star, Luma, Addas. Lo intentaban. Sin pudor, lucían las míticas listas en los lados: lo único es que eran cuatro, o dos. Eran baratas, y las vendían en el mercadillo. Comprar las zapatillas en el mercadillo era raro, porque te veías a ti mismo en calcetines en mitad de la calle.

En resumen, que si uno tenía que comprarse unas zapatillas deportivas, en aquel tiempo la elección, siendo generosos, se limitaba a siete u ocho modelos. Hay que recordar también que las zapatillas deportivas uno se las ponía cuando iba a hacer deporte, y en ninguna otra ocasión (¿para qué estropearlas?). Para casa estaban las pantuflas, y para caminar había otras cosas. No recuerdo haber visto nunca a mi padre con zapatillas de deporte. No recuerdo tampoco haber visto nunca a un ídolo mío del deporte lucir las mismas zapatillas que yo llevaba en los pies: eran dos universos separados, y no me imaginaba siquiera que podían comunicarse. Añado un detalle sobrecogedor. Cuando te comprabas las zapatillas de deporte, la señora de la tienda te regalaba una pelotita de goma. Lo sobrecogedor es que aquello era un acontecimiento, era algo que recordabas durante semanas, era algo que explicabas. Aquél era un mundo en que si el tendero te regalaba una pelota de goma, tú ibas explicándolo por ahí. Y otra cosa más. También sobrecogedora. Me acuerdo de que, como todo el mundo tenía unas Paredes, y por tanto todo el mundo iba por el gimnasio con las mismas zapatillas, hasta el punto de que parecíamos chinos, aparte de dos o tres privilegiados con sus Adidas o sus Puma, pero eran pocos, los otros iban todos igual; en fin, me acuerdo de que algunos de nosotros, los más originales, un poco rebeldes, los que eran un poco más despiertos, no tragaban eso de que todos fuéramos igual, y entonces, para intentar ser distintos, para derrotar la monocultura de la zapatilla, decidían rebelarse, y lo que hacían era precisamente esto: dibujar algo con bolígrafo en sus Paredes. A lo mejor una breve inscripción. O corazoncitos, flores, cosas así. Aquél era un mundo en el que, para inventarte tus zapatillas, lo que podías hacer era dibujártelas con el bolígrafo.

Bien. Y ahora un buen salto en la máquina del tiempo. Imaginaos que tenéis un hijo de unos doce años y que lo lleváis a comprar las zapatillas de deporte. Octubre de 2017. No hace falta que yo os la cuente. Podéis perfectamente reconstruir la escena vosotros solos. Pero contempladla bien, miradla en su totalidad. El tipo de tienda, las caras de los dependientes, la música que hay, los colores, los carteles de las paredes, los rótulos en inglés, las cosas que no son zapatillas y que no obstante venden allí mismo, la sonrisa de Nadal, o de Ronaldo, o de LeBron James, los cientos de zapatillas que están expuestas en las paredes, las decenas de ideas distintas de zapatillas que están colgadas allí, la presencia confortante de las medias tallas (43 y medio, por fin), el asiento en que vuestro hijo se sienta para probarse las zapatillas, el espejo en que se mira, los calcetines adicionales que también hay que comprar porque están colgados en la caja registradora y él los quiere, la caja donde meten las zapatillas nuevas, la bolsa, la cara de vuestro hijo que sale de allí con sus zapatillas nuevas. Ya que estáis puestos, echad también una ojeada a vuestros pies. Probablemente esto: zapatillas deportivas. Sois un padre (o una madre) con zapatillas de deporte.

Y, ahora, un buen ejercicio: adelante y atrás, con la máquina del tiempo, entre el niño con la pelota de goma y el de 2017. Adelante y atrás. Unas cuantas veces. Final del ejercicio. Conectar el cerebro. Pensar.

Pregunta: ¿qué nexo hay entre lo que tenéis en la cabeza en este momento y vuestro desprecio por el consumismo, vuestro desdén por las fábricas en que esas zapatillas han sido producidas, y vuestra alergia a las marcas?

Suerte.
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