09 Septiembre 2013

Luis Gutiérrez Soto

LA ARQUITECTURA INTRASCENDENTE

No es fácil documentarse a través de Internet sobre los grandes arquitectos españoles del siglo XX. Dado que queremos brindar un homenaje a Luis Gutiérrez Soto creemos que, entre todo lo que hemos leído, la mejor forma de hacerlo es a través de reproducir tal cual esta entrada del blog 'Arquitectamos locos' de José Ramón Hernández Correa.
  • Por: © José Ramón Hernández Correa
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Quiero escribir demasiadas cosas en el blog, y no me cuaja ninguna. En estos tiempos de zozobra y de angustia me gustaría tocar muchos asuntos, pero no tengo la suficiente serenidad como para estructurarlos en un discurso coherente. Barajo varios y no me decido por ninguno, y me digo que ojalá tuviera el suficiente oficio de escritor como para rellenar una entrada porque sí, sin más, con la pura profesionalidad y con el dominio y el aparente desinterés del que nos habla Joyce en el Retrato del Artista Adolescente.

El artista, como el Dios de la creación, permanece dentro, o detrás, o más allá, o por encima de su obra, trasfundido, evaporado de la existencia... indiferente... entrenetido en arreglarse las uñas.

Y me viene a la mente el gran artista que fue Luis Gutiérrez Soto. Con él siempre da esa sensación que dice Joyce, de un dios que contempla cómo fluyen sus obras por sí mismas, sin mayores problemas existenciales.


No es que Don Luis no trabajara como un titán; es que parece como si no se interesara por el aspecto 'cultural', 'trascendente' de la arquitectura. Hacía las obras como churros, y cuando las vemos no podemos entender que fueran de una misma persona.
¿Qué tiene que ver esto:
con esto:
o con esto?

La vida de Luis Gutiérrez Soto es una larga cadena de éxitos. De joven, mientras estudiaba arquitectura, le gustaba el football, y, naturalmente, jugó en el Real Madrid (no en un filial, ni en un juvenil, ni nada de eso: en el primer equipo); y, naturalmente, era el máximo goleador. Tanto que le apodaban Pichichi, como al mítico delantero del Athletic que sigue dando su apodo y su trofeo cada año a los máximos goleadores de la liga.

Acabó su carrera brillantemente en 1923, con un PFC que hoy nos hace sonrojar, pero era lo que había que hacer. Y salió a la calle, a construir, con un cacao mental de pronóstico.
Se preguntó: '¿qué estilo se lleva?', y se fue repitiendo esa pregunta durante toda su vida. (Yo le pondría esa frase como epitafio).

En los años treinta adoptó un tipo de arquitectura moderna, racionalista, pero muy influida por el expresionismo de Mendelsohn, con una plástica deliciosa. (Este estilo tuvo mucho éxito, y se puede disfrutar en muchas ciudades españolas. A mí me parece especialmente bueno en las obras de Pedro Ispizua y de Manuel Galíndez en Bilbao).

En la Guerra Civil se alistó en el bando adecuado, y venció. Los encargos se amontonaron. Había una nación por reconstruir, y él se puso a la cabeza. Surgió entonces de nuevo la pregunta: '¿qué estilo se lleva?', y se respondió a sí mismo con una cosa rara: Entre moderno y castizo, entre racionalista y espiritual (entendiendo por espiritual el sentimiento católico-español). ¿Pero eso cómo se concreta plásticamente?

Optó por reconstruir los barrios más ricos de Madrid (es lo que pasa cuando uno puede elegir). Su Barrio de Salamanca natal está hoy plagado de obras suyas. Y el de Chamberí, y el de Argüelles...

Ese bloque madrileño de pisos de ladrillo visto, con esquinas y/o cornisas de piedra caliza, y terrazas, o miradores panzones... Vamos, el bloque de pisos típico de Madrid, es en gran parte obra suya, y una cantidad insólita de ellos son directamente obras suyas. (También los hizo en otras ciudades de España).


Este gran Pichichi de la arquitectura (¡Dios, qué golazos!) hizo chalés, cines, discotecas, bares, iglesias, ministerios, etc, etc.


Le llevó dos versiones del Ministerio del Aire al general Vigón, con y sin chapiteles, y el general eligió la de los chapiteles porque era 'más español', como El Escorial.

Y muy pocos años después hizo el edificio del Alto Estado Mayor con un estilo moderno ma non troppo:


Constantemente se hacía la pregunta: '¿qué estilo se lleva?', o, en estos casos: '¿qué estilo es el más adecuado para este cliente?' Y lo bueno es que los dominaba todos, y sabía hacer obras maestras en cada uno de ellos. Parece como si le diera igual.

Nos recuerda a Groucho Marx: 'Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros'.
Hizo una de las mejores torres de viviendas de Madrid,


y una de las mejores torres de oficinas.


Curiosamente, después de haber hecho de todo, cerca del fin de su vida dijo que la obra de la que se sentía más orgulloso era la del Palacio March, en Palma de Mallorca.


¿El estilo? ¡Qué más daba el estilo! Lo que importaba era la dificultad técnica, la proeza de construir.
Juan Daniel Fullaondo le hizo una curiosa entrevista para Nueva Forma, en la que Gutiérrez Soto planteó una curiosa defensa ética de su eclecticismo, diciendo que el arquitecto no tiene que inventar formas, pues eso es orgullo y petulancia, sino que las formas ya están ahí todas, inventadas y disponibles, y que lo que tiene que hacer el arquitecto es resolver los problemas técnicos, funcionales y temáticos. Y elegir para ello las formas que mejor le convengan.

Fullaondo, con su eterna perspectiva cultural, intentó llevarle a su terreno. Le habló del Bar Chicote para decirle que esta obra se instala 'en un nivel cultural, que trasciende bastante un enfoque tan esquemáticamente moralista'. Gutiérrez Soto le contestó que el Bar Chicote fue una obra muy lograda, pero no admitía que la valoraran como su mejor obra, porque las había hecho mucho más complejas, y en el fondo quienes decían esto manifestaban mala intención, desacreditando obras suyas muy superiores. Fullaondo le insistió que no se podía hablar solo en términos prácticos, que en las obras hay muchos niveles, incluso niveles poéticos. Y Don Luis, ya bastante fastidiado, le contestó: 'No entiendo bien lo que quieres decir, con esta frasecita un tanto rebuscada de nivel cultural, yo creo que la arquitectura es buena o mala simplemente independientemente de ese nivel cultural del que hablas', y volvió a hablar de 'sentido común', a rebajar el debate a niveles prácticos y estrictamente profesionales, y a cantar al arquitecto como servidor de la sociedad. Después de esta parrafada, Fullaondo dice: 'Está visto que no nos entendemos'.

Naturalmente, era imposible que se entendieran un teórico que buscaba una trascendencia cultural y un súper profesional, hiperpráctico, que lo había construido todo, que lo sabía construir todo y en el estilo que fuera.

Muchos años después le pregunté a Fullaondo por esta entrevista, y me dijo que, efectivamente, había sido una entrevista algo incómoda, pero que qué bueno y qué grande era este arquitecto.
Lo dejaremos así: El gran arquitecto que no quiso que su obra fuera trascendente, o a quien le daba mucha vergüenza que le señalaran los aspectos trascendentales de su obra.
Imágenes
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