01 Septiembre 2012

Ciudadanos inteligentes en ciudades inteligentes

Vivimos un cierto estado de euforia colectivo en torno al fenómeno “smart”, en el que encontramos soluciones globales para la ciudad propuestas por multitud de agentes tradicionalmente ajenos al fenómeno urbano y donde vemos un exceso de academia y deleites teóricos frente a la necesaria acción que piden hoy nuestras ciudades.
  • Por: ArquiMagazine
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Están siendo unos años de vendaval de la smart city y del progresivo encumbramiento de esta visión de la ciudad conectada (para otros más que visión, constituye verdadero paradigma) como solución global para los problemas urbanos actuales y los requerimientos futuros de nuestras ciudades.

El advenimiento de la ciudad inteligente auspiciado por la iniciativas de las industria de las TIC y por la necesidad acuciante de respirar vientos de ilusión en un contexto de depresión generalizada en lo económico, ha convertido a España en verdadero ágora para la ciudad conectada. Ahora bien, si algún mérito ha conseguido el huracán smart ha sido el de devolver la atención y el interés de nuestros pensadores, de los agentes públicos y las empresas proveedoras de servicios al fenómeno complejo y plural de la ciudad, como campo para el despliegue la tecnología asociada al fenómeno de la inteligencia urbana.

Consecuencia de esta renovada atención por la ciudad ha sido la creciente importancia del papel (no siempre reconocido) del ciudadano como verdadero protagonista de la vida y los procesos de la ciudad.

Pablo Sánchez Chillón nos habla del “civicentrismo”, como “la creciente e indeclinable posición del ciudadano como eje y fundamento de la ciudad inteligente, una ciudad que es, además, un espacio híper-conectado, materializado en el continuo entre capas digitales y territorio y en el que día a día van ganando posición nuevas fórmulas de ejercer y entender la ciudadanía, el compromiso, las obligaciones y la solidaridad”.

Del mismo modo, frente a la tendencia imperante de implantación de un modelo de desarrollo urbanístico que hizo fortuna en los últimos años, el discurso de la ciudad inteligente incorpora, con carácter general, una visión que empieza por mejorar, renovar y actualizar tecnológicamente la ciudad existente, la urbe consolidada en la que se desarrolla la vida y los procesos, como verdadero campo de pruebas para la implantación de dispositivos.

El desarrollo de un discurso transversal en el campo de la ciudad inteligente, y la conciencia del efecto nivelador de la tecnología,  ha impulsado la creación espacios para la el debate y la colaboración entre disciplinas y profesionales de muy diverso rango y procedencia, animando un interesante diálogo que reúne a ingenieros, juristas, arquitectos, economistas, antropólogos, responsables públicos y otros ciudadanos incumbidos por el futuro y oportunidades de la ciudad, generando un flujo de intercambio de información y experiencias indispensable para el desarrollo de estas experiencias, así como la creación de equipos multidisciplinares que trabajan por y para implantar soluciones y sistemas reconducibles al modelo de la ciudad inteligente.

No menos importante está siendo el papel jugado por el concepto de ciudad inteligente como plataforma y soporte unitario para la explicación de determinados conceptos que casi de manera unánime han pasado a integrar el paradigma de la smart city. El open data, la innovación abierta, el crowdsourcing, el M2m, la sensorización, el ubiquous computing, los smart grids, la identidad digital y un largo etcétera de neologismos que cobran sentido en el marco espacial y de discusión sobre la ciudad inteligente.

Sin embargo, todavía son muchas las carencias, imperfecciones y vacíos importantes en el campo de la ciudad inteligente.

A la vista del tipo y número de empresas e instituciones que hoy encontramos tras la etiqueta de smat city,  cabe pensar que el concepto de ciudad Inteligente pueda convertirse en una forma nueva de etiquetar, con algunas mejoras y actualizaciones, los viejos patrones de producción, comercio y promoción. Y conviene recordar que las etiquetas pierden pronto su novedad y atractivo. En pocos años hemos pasado de promover ciudades sostenibles, a tener la disyuntiva de elegir vivir en una ciudad creativa. Esperemos que promover ciudades inteligentes no sea solo otra forma de llamar al mismo modelo de consumo y la misma forma de hacer negocios.

En este sentido sería interesante conseguir desarrollar el sentido de las smart cities con una participación de abajo hacia arriba, a nivel neuronal que en este caso significa transversal y ciudadano. Como hemos ya hemos leído, las auténticas ciudades inteligentes no dependen de la tecnología, sino de las conexiones entre sus neuronas que son las personas (ciudadanos, empresas y agentes públicos). Deberán de ser realmente “inteligentes” si siguen funcionando y adaptándose… aunque las desenchufemos.
 
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